Juan Carabina
Hay ciudades o pueblos conocidos por la altura de sus picos, o su cordillera, así hay en el occidente - en nuestro occidente venezolano- una ciudad muy conocida por sus montañas, por la majestad y belleza de sus frailejones. Sus moradores son orgullosos de su gentilicio, y así dicen, a veces, por ejemplo: "Este invierno hemos tenido los frailejones más variados -o más floridos, o más bellos-, que hemos visto en mucho tiempo". No sé si esta variedad ha llegado a ser la más apreciada por los pobladores; pero el hombre que vivió en estos parajes, un simple espíritu a quien llamaban por burla Juan Carabina si vivió (y murió tal vez realmente) entres los frailejones. Juan Carabina hallábase afligido de toda clase de pobrezas y miseria; sus ropas no eran más que trapos; los cabellos le resbalaban en grasientas greñas por la nuca, la frente y las orejas, y hasta le tapaban los ojos. Así andaba, y algunos perros hambrientos -tan hambrientos y miserables como él mismo- lo seguían a todas partes adónde iba. Y Juan Carabina no tenía ningún inconveniente en ponerse a bailar en medio de la calle, si se lo pedían los niños o los muchachos; o también, así, de repente, sólo porque le daban ganas a él, a la hora del atardecer, mirando la puesta del sol. Fuera de esto, y por extraño que parezca. Juan Carabina recitaba poemas. Le decían:
- ¡Unos versos, Juan Carabina!
Pero los versos de Juan Carabina eran a cambio de un cafecito recién colado; sobre esta base el trato se hacía, se cerraba el intercambio, y Juan Carabina declamaba tres versos rimados, acompasados, que rompían el silencio en el vecindario y sus alrededores si no fuera porque ya todos allí sabían muy bien que era aquél el negocio de Juan Carabina.
A pesar de todas las calamidades que lo afligían (o quizás por eso, justamente), Juan Carabina, más que en el pueblo, vivía en los frailejones, y especialmente cerca del río. Caminaba o bailaba o declamaba poemas mirando hacia la alta montaña; tenían para él mayor importancia y realidad que muchas otras cosas de acá abajo. Hasta la tomaba como punto fijo de orientación o referencia, habla de algún sitio, o recordando alguna fecha.
- Juan Carabina, ¿dónde vives? - le preguntaban.
Y él contestaba:
- ¡Por aquella montaña colorida!
- ¿Desde cuándo, Juan Carabina?
- ¡Aaaah... desde tiempos de la abuela!
Así hablaba este habitante de los frailejones. Los niños salían a las puertas de las casas a hablar con él, y le pedían que bailara o que declamara. Mientras sus perros olfateaban acá y allá, y alguno se echaba a dormitar sobre la acera, Juan Carabina bailaba en el zaguán; después recibía su cafecito recién colado, y se iba, calle arriba o calle abajo, seguido de su fiel jauría. Algún insulto lanzado traidoramente desde lejos, tras una esquina, le hacía rabiar un momento y volver atrás con gesto amenazante. Pero más lejos otro niño, otro baile y otros versos le esperaban - un cafecito -, y esto le hacía de nuevo ir adelante; vivía para su arte, y lo intercambiaba por un cafecito, pero sólo en los momentos en que la inmensa montaña hacía descender sobre él la inspiración.
Pero la montaña llena de frailejones acabaron por sugerirle a Juan Carabina inspiraciones más extrañas... Los años habían pasado, y los niños que ahora le hacían bailar o declamar al frente de sus casas, no eran los mismos; aquellos de antes eran ya hombres, éstos de ahora eran sus hijos. Ahora los bucles de Juan Carabina eran grises, sus espaldas estaban encorvadas, hundidas sus mejillas. En torno suyo, mientras danzaba inspiradamente en los viejos portales, la vida había danzado su vieja danza. Cierta vez, por la tarde, ya anocheciendo, fue encontrado un hombre muerto en un callejón, y Juan Carabina bailando entorno al muerto. La gente se aglomeró alrededor, pero él siguió bailando imperturbablemente; sus bucles flotaban a la luz como pequeñas serpientes enfurecidas. Lo llamaban o lo reprendían algunos. Pero él no oía ni veía más que las luces y las estelas de la montaña, y siguió danzando alrededor del muerto. Fue llevado a la cárcel atada las manos, y bailaba a lo largo de todo el trayecto...
Cuando fue puesto en libertad, tiempo después, los niños no quisieron salir a las puertas a hablar con él, ni volvieron a pedirle nada. Le tenían miedo, y se escondían al verle aparecer por la calle. Algunas personas mayores le daban siempre un cafecito recién colado. Otras le hacían la señal de la cruz. Los perros le seguían siendo fieles, y andaban tras él, más flacos y miserables que nunca. Desapareció un día, y nadie volvió a verle ni oírle, ni a él ni a sus perros, ni sus danzas, ni su declamaciones, ni sus bucles... Pero, hoy todavía, cuando la montaña del invierno forma sus maravillosos frailejones, sus parajes, sus estepas... alguna anciana asomada al ventanal de la casa, o parada en el portal, le dice al niño que juega en la acera:
- ¡Mira! ¡Juan Carabina está bailando allá en la montaña!
- ¿Y quién es Juan Carabina? - pregunta el niño.
Y la anciana vuelve a contar la historia.

kalb MAGGIE dijo
His profound symbolism, abetted by the free-flowing nature of his verse, create a universe of haunting beauty that expresses God's infinite love and humanity's deep compassion for all things beautiful.gucci mens shoes/gucci wallets/gucci
17 Agosto 2010 | 05:58 AM