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Terra
La Coctelera

Sobre Las Olas

Agua, Sol y Arena

20 Febrero 2012

La plantita que soñaba ser una palmera...

Había una vez una plantita que todas las noches soñaba que era una Palmera y que se encontraba en la playa mecida por la brisa.

En los primeros momentos esto la volvía loca de felicidad; pero pasado un tiempo le causaba una sensación de angustia, pues hallaba el tallo demasiado alto, las ramas demasiado pesadas, las raíces demasiado profundas y sus frutos duros; bueno, que todo ese gran tamaño le impedía ser una plantita de jardín, así como sufrir a conciencia cayéndose algunas hojas de su ramita.

En realidad no quería estar tan alta o en la orilla de la playa. Pero cuando volvía en sí lamentaba con toda el alma no ser Palmera para mover sus ramas, y se sentía tristísima de ser una plantita, y por eso se mecía tanto, y estaba tan inquieta, y se le caían sus hojitas, hasta que lentamente, por la noche, volvía a estar serenita en su maceta.

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5 Abril 2011

El burro mañoso...

Carlitos tenía que vender las flores montado sobre un burro. Muy temprano en la mañana lo sacaba del corral, y se iba al pueblo y al oscurecer, volvía a la casa. Una tarde, el burro no quiso seguir andando: el niño trató de hacerlo andar, pero el burro mañoso no se movía. Entonces el pobre Carlitos se sentó en una piedra y se puso a llorar porque su padre lo castigara por  demorarse tanto.

Al poco rato pasó por allí un amigo del pueblo llamado Martín y le preguntó:

-   Carlitos, ¿por qué lloras?

-   Lloro porque el burro no quiere andar y si tardo, mi padre me va a castigar.

-   Pues verás cómo yo lo hago andar.

El burro tampoco le hizo caso y Martin dijo:

-   Yo también me doy por vencido. Se sentó al lado de Carlitos rezonga que rezonga y en eso pasó una niña llamada Adela:

-   ¿Por qué rezongas Martin?

-   Rezongo porque Carlitos se ha puesto a llorar, porque su burro no quiere andar y si tarda, su padre lo va a castigar.

-   Pues verás como yo lo hago marchar.

Pero el burro siguió sin moverse y la niña dijo:

-  Yo también me pondré a lamentarme.

Y se sentó junto a Martin, llorando sin consuelo.

Entonces pasó Sebastián

-  Adela, ¿por qué estás llorando?

-   Lloro porque llora Martin y Martin llora porque Carlitos se ha puesto a llorar, porque el burro no quiere andar y si tarda, su padre lo va a castigar.

-   Pues verás cómo yo con el lazo lo hago marchar.

Pero el burro mañoso se quedo muy tranquilo y Sebastián dijo:

-  Yo también me pondré a lamentarme. Y se sentó junto a Adela hecho un mar de lamentos. Poco después pasó por allí un viejo llamado el tío Nicolás:

 

-   ¿Por qué te lamentas Sebastián?

-   Me lamento porque llora Adela y Adela llora porque llora Martin y Martin llora, porque  Carlitos se ha puesto a llorar, porque el burro mañoso no quiere andar y si tarda en llegar a la casa, su padre lo va a castigar.

-  Pues verás cómo yo lo hago marchar.

Entonces todos: Carlitos, Martin, Adela y Sebastián se echaron a reír a carcajadas, diciendo:

-   ¡Ja, ja, ja! ¿Cómo una abeja tan chiquita va a poder más que todos nosotros?

El tío Nicolás saco de un frasco una abejita. Esta voló hasta donde estaba comiendo el burro y se puso a zumbar: - ¡Zzz,Zzz…!

El burro le molesto tanto el ruido que dejo de comer. La abejita se posó entonces en la oreja del burro  y  ¡Zas!, lo picó tan fuerte que salió corriendo sin parar hasta llegar al corral. Tanto corría que Carlitos apenas pudo alcanzarlo… y Martin, Adela y Sebastián se quedaron allí mirándose, con la boca abierta.

 

 

 

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11 Septiembre 2010

Suspenso...

                                                    

 

Ese gato negro, que sacudía violentamente una pata en el aire antes de ponerla en el tejado de la casa, era el único minino que desconcertaba a los inquilinos.

 

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1 Septiembre 2010

Agonía...

Todo ocurrió de manera tan brusca, que no tuve tiempo de cerciorarme. En la puerta del edificio me despedí de Mariela, con ese beso de cariño y jubilo de todos los días. Caminé por la acera un largo rato. Cuando me detuve, pise sin mirar una alcantarilla y sólo me hundí en el vacío. Fui a caer dentro de un drenaje de agua sucia y me hundí lentamente en esa agua turbia. Nadie vino a socorrerme a pesar de los gritos; sin embargo, al final de todo, vi arriba a un fotógrafo que parecía divertirse mucho con mi accidente y tomaba la que sería mi última fotografía como un reportaje.

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16 Agosto 2010

Juan Carabina

  Hay ciudades o pueblos conocidos por la altura de sus picos, o su cordillera, así hay en el occidente - en nuestro occidente venezolano- una ciudad muy conocida por sus montañas, por la majestad y belleza de sus frailejones. Sus moradores son orgullosos de su gentilicio, y así dicen, a veces, por ejemplo: "Este invierno hemos tenido los frailejones más variados  -o más floridos, o más bellos-, que hemos visto en mucho tiempo". No sé si esta variedad ha llegado a ser la más apreciada por los pobladores; pero el hombre que vivió en estos parajes, un simple espíritu a quien llamaban por burla  Juan Carabina si vivió (y murió tal vez realmente) entres los frailejones. Juan Carabina hallábase afligido de toda clase de pobrezas y miseria; sus ropas no eran más que trapos; los cabellos le resbalaban en grasientas greñas por la nuca, la frente y las orejas, y hasta le tapaban los ojos. Así andaba, y algunos perros hambrientos -tan hambrientos y miserables como él mismo- lo seguían a todas partes adónde iba. Y Juan Carabina no tenía ningún inconveniente en ponerse a bailar en medio de la calle, si se lo pedían los niños o los muchachos; o también, así, de repente, sólo porque le daban ganas a él, a la hora del atardecer, mirando la puesta del sol. Fuera de esto, y por extraño que parezca.  Juan Carabina recitaba poemas. Le decían:

    - ¡Unos versos, Juan Carabina!

   Pero los versos de Juan Carabina eran a cambio de un cafecito recién colado; sobre esta base el trato se hacía, se cerraba el intercambio, y Juan Carabina declamaba tres versos rimados, acompasados, que rompían el silencio en el vecindario y sus alrededores si no fuera porque ya todos allí sabían muy bien que era aquél el negocio de Juan Carabina.

   A pesar de todas las calamidades que lo afligían (o quizás por eso, justamente), Juan Carabina, más que en el pueblo, vivía en los frailejones, y especialmente  cerca del río. Caminaba o bailaba o declamaba poemas mirando hacia la alta montaña; tenían para él mayor importancia y realidad que muchas otras cosas de acá abajo. Hasta la tomaba como punto fijo de orientación o referencia, habla de algún sitio, o recordando alguna fecha.

  - Juan Carabina, ¿dónde vives? - le preguntaban.

  Y él contestaba:

   - ¡Por aquella montaña colorida!

  - ¿Desde cuándo, Juan Carabina?

  - ¡Aaaah... desde tiempos de la abuela!

  Así hablaba este habitante de los frailejones. Los niños salían a las puertas de las casas a hablar con él, y le pedían que bailara o que declamara. Mientras sus perros olfateaban acá y allá, y alguno se echaba a dormitar sobre la acera, Juan Carabina bailaba en el zaguán; después  recibía su cafecito recién colado, y se iba, calle arriba o calle abajo, seguido de su fiel jauría. Algún insulto lanzado traidoramente desde lejos, tras una esquina, le hacía rabiar un momento y volver atrás con gesto amenazante. Pero más lejos otro niño, otro baile y otros versos le esperaban - un cafecito -, y esto le hacía de nuevo ir adelante; vivía para su arte, y lo intercambiaba por un cafecito, pero sólo en los momentos en que la inmensa montaña hacía descender sobre él la inspiración.

   Pero la montaña llena de frailejones acabaron por sugerirle a Juan Carabina inspiraciones más extrañas... Los años habían pasado, y los niños que ahora le hacían bailar o declamar al frente de sus casas, no eran los mismos; aquellos de antes eran ya hombres, éstos de ahora eran sus hijos. Ahora los bucles de Juan Carabina eran grises, sus espaldas estaban encorvadas, hundidas sus mejillas. En torno suyo, mientras danzaba inspiradamente en los viejos portales, la vida había danzado su vieja danza. Cierta vez, por la tarde, ya anocheciendo, fue encontrado un hombre muerto en un callejón, y Juan Carabina bailando entorno al muerto. La gente se aglomeró alrededor, pero él siguió bailando imperturbablemente; sus bucles flotaban a la luz como pequeñas serpientes enfurecidas. Lo llamaban o lo reprendían algunos. Pero él no oía ni veía más que las luces y las estelas de la montaña, y siguió danzando alrededor del muerto. Fue llevado a la cárcel atada las manos, y bailaba a lo largo de todo el trayecto...

 

  Cuando fue puesto en libertad, tiempo después, los niños no quisieron salir a las puertas a hablar con él, ni volvieron a pedirle nada. Le tenían miedo, y se escondían al verle aparecer por la calle. Algunas personas mayores le daban siempre un cafecito recién colado. Otras le hacían la señal de la cruz. Los perros le seguían siendo fieles, y andaban tras él, más flacos y miserables que nunca. Desapareció un día, y nadie volvió a verle ni oírle, ni a él ni a sus perros, ni sus danzas, ni su declamaciones, ni sus bucles... Pero, hoy todavía, cuando la montaña del  invierno forma sus maravillosos  frailejones, sus parajes, sus estepas... alguna anciana asomada al ventanal de la casa, o parada en el portal, le dice al niño que juega en la acera:

  - ¡Mira! ¡Juan Carabina está bailando allá en la montaña!

  - ¿Y quién es Juan Carabina? - pregunta el niño.

   Y la anciana vuelve a contar la historia.

 

 

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11 Agosto 2010

Un Encuentro Asombroso

   

     Fue un encuentro asombroso.

     Ocurrió una tarde de mayo de 1980 llovía mucho en las montañas de Mérida. Grité desesperado cuando me ataco un oso gris. No pude dejar de rodar al ser arrastrado hasta un abismo. (Los cazadores me ayudaron a espantar y correr al oso, luego me dieron los fósforos para que prendiera una fogata.)

    Nadie pudo explicarse por qué, si llovía, la hoguera creció tan intensa.

    Se persignaron al ver que estando el oso cerca de las llamas se paró como una sombra.

    Tuve que esperar pacientemente, veinte años exactos, para tener otro encuentro asombroso, y educar los latidos de mi corazón, hasta dominarlos y enfrentar aquella amenaza de una manera relajada.

    El otro encuentro llegó un 13 de Julio de 2000, cuando un tiburón me ataco en una playa de la costa. Un salvavidas contó que impresionaba mi serenidad frente al escualo.

    Siempre me atacan en un momento inesperado.

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11 Agosto 2010

La vaca de las patas feas

   Antes que despierte el día, el becerro se acomoda. El toro sube al potrero. La vaca va al río. El becerrito sigue durmiendo al pie del Jabillo.

    Papá toro estudia un nuevo pasto para el día, mientras oye silbar la brisa en sus orejas. Mamá vaca se mira en el espejo del agua, se lava el hocico, eriza el moteado pelaje, cepilla el blanco delantal, mira al esposo.

  • - Vamos - ordena éste a la familia.
  • - Despierta, niño - dice la madre al becerrito.- Es la hora de andar.

   ¡Qué delicioso es recorrer la sabana, fresca de rocío, olorosa a mastranto, mientras la aurora toca la puerta del llano! Grama tierna, hojas de guayabito y legumbres  es el rico menú de hoy. Ya no hay leche para el becerrito brincón.  Está muy crecido.

   ¡Vida dichosa! Así, todos los días... Y, después, la siesta sabrosa, rumiando solitos en el pasto.

   Pero hay días de susto, días de terror. Días peores que las noches rasgadas por los aullidos de los lobos. Son días de quema: días en que todo es correr afanoso, con humo que ofusca la vista y sofoca el respirar. Tardes como la de hoy, en que cada hierba es una llama: Todos los animales huyen, la paraulata llora la destrucción de su nido y el morrocoy, agotado, se rinde... Pero los ganados corren, se ponen a salvo: rapidísimo el papá, rápido el becerro, lenta y fatigada la mamá...

  Han llegado a orillas del río y apagan el ardor de la carrera. La madre se refrigera; mira su rostro desfigurado en el agua; descansa; luego, coqueta, se arregla. El becerrito la mira...

  - Eres linda, mamá. Toda linda, pero no así tus patas, peladas y torpes. Por culpa de ellas, casi la candela te agarra. Mamá, ¡qué patas llagosas tienes!

  - Tienes razón, hijo - Contesto tristemente la madre-. Anda a descansar con papá.

    A la sombra de un Jabillo, el padre lo ha escuchado todo.

    - Oye - le dice al becerrito -, quiero contarte una cosa. Una vez había un becerrito, dormilón como él sólo, que todavía no sabía correr. Su madre lo dejaba, oculto en un mogote y salía a pastar. Una tarde de Febrero se incendio la sabana y todo ardió como hoy. La vaca corría como el viento, más rápida que yo; pero no quería huir: Tenía que salvar a su hijo. ¡Pobre chiquillo! Entre él y la madre se había levantado una gruesa cortina de fuego. Sin pensarlo dos veces, la vaca valiente arrancó y cruzó por las llamas. Salió al otro lado, pero con la candela prendida en sus patas. Llegó a donde estaba el becerrito y lo sacudió... antes que lo despertaran las llamas.

   El pequeño, entonces, echó a correr tras la madre y pronto, llegaron los dos a la orilla del río. La madre entró al agua y le pareció sentirse aliviada. Sólo fue una impresión, sus patas llenas de quemaduras, habían quedado contraídas y llagosas para siempre. Entonces miró al hijito y, ocultando su dolor, le sonrió: estaba a salvo para ella. Pero, luego, el becerrito se olvidó de eso... y creció, creció...

  - No sigas -, papá - exclamó el becerrito, interrumpiendo el relato. Y corrió al lado de la madre, que estaba entregando sus lágrimas al río.

 - Mamá - le dijo -, no es verdad que eres lenta... no es verdad que tienes las patas feas...

   Y comenzó a lamerle las cicatrices de las patas que lo habían salvado.

 

 

 

 

 

 

 

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9 Agosto 2010

El árbol

Yo era frondoso y erguido, yo estaba colocado sobre una rivera; yo era un árbol. Cerca de la orilla estaban aferradas las puntas de mis raíces; a lo alto, las ramas en la copa tupida mueven las hojas, incansablemente. Los nidos de los pájaros colgaban en mis costados. En la vertiente rumoreaba el helado río del piemonte. Ningún caminante se animaba hasta estos momentos pasar por aquí, el árbol no figuraba aún en ningún croquis. Así yo yacía y esperaba, debía esperar. Todo árbol que se haya plantado alguna vez, puede dejar de ser árbol sin talarse.

Fue una vez por la mañana - no sé si el lunes o el jueves -, mis pensamientos siempre estaban confusos, daban vueltas en mi sabia; hacia esa mañana de primavera; cuando el caudal del río era turbulento, escuché los pasos de una niña. A mí, a mi derecha. Aquiétate árbol, ponte derecho, rama sin hojas, sostén al viejo columpio que te ha sido confiado. Cuelgan rígidos los dos mecates de su asiento; si se columpia, date a conocer y, como un viento de la rivera, colúmpiala en tu rama firme.

Llegó y se monto en el columpio, luego se sujeto con sus manitas de los dos mecates del viejo columpio y comenzó a columpiarse sobre mi rama. La punta de sus zapaticos negros rozo mi tronco anidado y los mantuvo un largo rato ahí, mientras miraba probablemente con ojos inquietos a su alrededor. Fue entonces - Yo soñaba tras ella sobre el camino y el campo - que se balanceo  moviéndose con ambos piececitos en mitad de mi cuerpo. Me estremecí en medio de un acompasado movimiento, admirado de lo que pasaba. ¿Quién era? ¿Una niña? ¿Un pedacito de cielo? ¿Un sueño hecho realidad? ¿Un inquieto ángel? ¿Un amante de la naturaleza? ¿Una naturista? Me volví para poder verla. ¡El árbol se inclino! No había terminado de inclinarme, cuando ya arreciaba el viento, me inclinaba cada vez más hacia la izquierda, y ya mis raíces estaban desgarradas y mi tronco flotando en las aguas del río que siempre me habían mirado tan apaciblemente desde su inmenso caudal.

 

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